Dejaba escapar un ligero hilillo blanco al consumirse poco a poco, cuando me percate que había prendido un cigarrillo al no tener nada que hacer, al intentar descifrar las telarañas que repentinamente habían invadido a mi cabeza, como si de la noche a la mañana hubiera cambiado todo; fue cuando vi que fumaba sin razón alguna y me pregunté él porque tenemos vicios tan arraigados que dan tanto placer y tanta tranquilidad como tú.
Fue en ese instante en el que empecé a notar cuanto amaba mi vicio, sabia que en cada bocanada de ese humo amargo que invadía mis pulmones me embriagaba y me llenaba de una paz... Relajante en cierta medida, aunque yo supiera que no era mas que cáncer el que me poseía en ese instante que respiraba mi muerte pero que contenía un sabor ya no amargo si no dulce.
Es así como mazoquistamente me deleitaba muriendo poco a poco, disfrutando cada trago, ahora dulce de ese hedor cubano, de ese placer que brindaba el ingerir cada vez mas lentamenta y pausadamente la dicha que fluye por un filtro, y comprendemos que tenemos una adicción arraigada al malestar de la vida, pero con el disfrute de fumarme tus hojas que me hacen estar en todo y nada a la vez, mi adicción a ti es insaciable, pero no menos mortal, y si existe uno que me deleite primordialmente, entonces porque seguir fumando?...
Pero después encontré una razón para amar aún más a los cigarrillos. Porque aunque tenga otros vicios en mi, que me llenen la sangre de felicidad, que me embriaguen en demasía y que disfrute como nunca lo creería en mi vida; al momento de dejarlo, ese arraigo, esa delicia que causa mi dependencia, esa adicción. Esa adicción que nunca superará a la que siento por ti al sonreír, a tus caderas, a lo carnal, a tu mente, a tu inocencia, a tu frialdad, a sentirme vivo! al momento de dejarlo, al momento de dejarlo... Se que no lo voy a extrañar!